I
Has de ver al hombre bajo todos sus rostros. Has de limpiar con sangre la casa inhabitada.
II
Un crujir de dientes rota sobre tu cabeza hasta el fin de los siglos. ¿Quién es madre el que desata las redes, nunca saquea? ¿Quién es éste, tu hijo?
III
Estás allí, con las hojas mojadas por el fuego. El predestinado busca el mapa de los reinos caídos hasta donde se extiende la cosecha. La brasa rueda por el suelo. ¿Es un niño coronado de ortigas que acaricia un alacrán? Se entreduerme el susurro entre profanos. ¿De quién heredas el claro resplandor bajando por mis ojos? Pero levántate aluvión. Desatina la luz y transfórmame.
IV
Los elementos del mundo solar sobre una estrella.
V
Venidero es el reino que sostiene mi boca, mi cuerpo, mis fragmentos bajo la lágrima del mundo. Extiéndeme hacia esta cofradía. ¿Se multiplica en relámpagos la estrella? ¿En fiebre de relámpagos?
VI
Las edades y la muerte han caído. Echarás estas palabras en el mar de cristal mezclado con el fuego, aun sin gemir por tanto agobio. Rojo contra el oro de los Reyes de Oriente.
VII
Oir las voces deslumbradas en el templo. Oir al que será decapitado en su bosque. Oir a los muchos falsarios cuando el sol se pone. Oir el balanceo de la barca de Simón, aguas adentro. Oir lo que dejo de mí en tantas pieles. Oir, en costas de Tiro y Sidón, a las legiones abismales. Oir al ángel cubierto de azucenas. Oir a los crucificados que aún no han sido en el planeta. Oir, cada mañana, la respiración de los intercesores. Oir los desechos del rayo sobre Capernaum. Oir los huesos de la luz, transfigurándose. Oir las cenizas de Tebas y de Roma. Oir los nísperos maduros. Oirme. Es el pescador.
VIII
Gog y Magog ya dieron testimonio de ese descenso al sepulcro y de esta ascención con el cuerpo de sangre. ¿Pero quién remueve la piedra, quién rasga el velo? Y me dices: -Y allí estuve, con la lepra de mi corazón-.
IX
Procesión de puertas en mi costado. El hijo del desierto ha nacido.
Manuel Lozano
New York, 30-IX-2000